Neuronas Espejo: Por qué sientes el dolor ajeno
La Paradoja de los Espejos: El Mapa de lo Invisible · Capítulo 15
Neuronas Espejo: Por qué sientes el dolor ajeno

Una tarde cualquiera, en un vagón de subte lleno, alguien se golpea la espinilla contra el borde de un asiento. El sonido seco apenas dura un segundo. Pero algo extraño ocurre: varias personas hacen una mueca al mismo tiempo. Un hombre aprieta los dientes. Una mujer se toca la propia pierna como si el impacto le hubiera llegado a ella. Nadie sangra, excepto el herido. Y sin embargo, el dolor parece haberse filtrado por el aire, como una corriente invisible.
Eso mismo le pasó al neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti en la década de 1990, aunque en un escenario menos cotidiano y más desconcertante: un laboratorio en Parma. Su equipo estudiaba cómo se movían las manos de unos monos macacos cuando tomaban objetos. Los electrodos registraban la actividad de ciertas neuronas, como si escucharan el chisporroteo interno del cerebro. Entonces ocurrió el accidente feliz de toda gran historia científica: una de esas neuronas se activó no cuando el mono agarró un maní, sino cuando vio a un investigador hacerlo. El cerebro del animal, por un instante, actuó como si observar y hacer fueran casi la misma cosa.
La idea era perturbadora y hermosa a la vez. Como si dentro de nosotros hubiera pequeños actores ensayando en silencio cada gesto ajeno. Como si al ver a alguien llorar, tropezar o reír, una parte de nuestro cerebro encendiera una versión tenue de esa misma escena en nuestro propio escenario interior.
Y no hace falta entrar a un laboratorio para notarlo. Pasa cuando bostezás después de ver bostezar a otro. Cuando se te hace un nudo en el estómago al mirar a un chico caer de la bicicleta. Cuando sentís vergüenza ajena viendo a alguien equivocarse en público. O cuando una película te destroza sin tocarte un solo centímetro de piel.
- En 2003, el neurocientífico Tania Singer mostró que, cuando una persona veía a su pareja recibir una descarga eléctrica, se activaban en su cerebro zonas ligadas al dolor emocional.
- En 2006, Christian Keysers profundizó esta idea al estudiar cómo el cerebro responde al ver tocar, sufrir o sentir a otros.
- Y mucho antes de cualquier escáner, los actores, los padres y los niños ya conocían este fenómeno sin llamarlo por su nombre: las emociones se contagian.
Pero hay una grieta inquietante en esta historia. Si estamos diseñados para reflejar lo que sienten los demás, ¿por qué a veces somos profundamente empáticos y otras veces pasamos de largo? ¿Por qué el cerebro puede convertirse en espejo... o en vidrio polarizado?
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