Wagner-Jauregg: Curar la locura con fiebre (Malarioterapia) (1927)
Arquitectos de la Vida: La Saga de los Premios Nobel · Capítulo 23
Wagner-Jauregg: Curar la locura con fiebre (Malarioterapia) (1927)

Imaginen la Viena de finales del siglo XIX. Una ciudad de valses, de Freud y de un terror silencioso que acechaba en las sombras de los dormitorios: la sífilis. En aquella época, esta enfermedad no era solo una infección; era una sentencia de muerte lenta y humillante. Tras años de silencio, la bacteria atacaba el cerebro, provocando lo que los médicos llamaban 'parálisis general progresiva'. Los pacientes perdían la memoria, sufrían delirios de grandeza y terminaban convertidos en cáscaras humanas, paralizados y dementes. No había cura. Los manicomios estaban llenos de estos 'muertos vivientes' que esperaban el final en habitaciones oscuras.
En medio de este escenario aparece nuestro protagonista, Julius Wagner-Jauregg. No era el típico psiquiatra que se limitaba a escuchar y tomar notas. Era un hombre de acción, con una observación que parecía desafiar toda lógica médica: había notado que algunos pacientes con trastornos mentales mejoraban milagrosamente después de sobrevivir a una infección que les causaba fiebres muy altas, como la erisipela o la gripe.
Para entender su lógica, imaginen que el cerebro es una computadora sofisticada que ha sido infectada por un virus informático devastador que la ha bloqueado por completo. Wagner-Jauregg sospechaba que la fiebre no era un síntoma enemigo, sino una especie de 'reinicio forzado' del sistema, un incendio controlado que quemaba los errores pero dejaba intacto el hardware. Durante treinta años, este médico obsesivo persiguió una idea radical que escandalizaba a sus colegas: ¿Y si para curar una enfermedad mortal, debíamos provocar otra?
- La sífilis afectaba al 10% de los pacientes en hospitales psiquiátricos de la época.
- La parálisis general era invariablemente fatal en un plazo de tres a cinco años.
- Wagner-Jauregg probó con tuberculina y vacunas, pero los resultados no eran lo suficientemente potentes.
Finalmente, en 1917, Wagner-Jauregg tomó una decisión que hoy nos parecería propia de un científico loco de película. Aprovechó que un soldado herido llegó a su clínica sufriendo de malaria y tomó una decisión histórica: extrajo la sangre infectada del soldado y la inyectó en las venas de sus pacientes dementes. Estaba a punto de combatir un asesino con otro asesino. ¿Cómo es posible que introducir un parásito que causa escalofríos y fiebre extrema pudiera devolverle la cordura a un hombre?
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